viernes, noviembre 18, 2005

Cuento para niños grandes

Adolfo y su Status

Adolfo Gómez Sáenz de la Fontanilla se ajustó la corbata. Cogió su maletín de piel y el llavero. Se encaminó al garaje cuando sintió que el verano no se había marchado. El cuello de la camisa comenzaba a humedecerse con el sudor y su mano apretaba el asa plastificada del maletín. Nada más sentarse en el asiento de piel de su BMW, introdujo la llave en el contacto, encendió el motor y puso el climatizador a 20º. Se atusó el pelo mirándose en el retrovisor y salió del garaje.Era un tipo rico. De familia, de nómina, de crédito. Tenía una familia modelo. Una mujer servicial a la antigua usanza. Sólo se enfadaba cuando el servicio no entendía sus ordenes. Sus dos hijos maleducados y malcriados veían a su padre como al tipo que los fines de semana les obligaba a comportarse y que además les compraba todo lo que un niño podía pronunciar al cabo del día. En definitiva, Adolfo, nunca había pensado que coño hacía en esta vida.Al final de la avenida central de la ciudad el semáforo le advirtió su color rojo. Comenzó a mirar a una mujer que comenzaba a cruzar la calle. Llevaba dos criaturas. Un bebé dormía placidamente en el cochecito. El otro sujetado al mismo, miraba a su madre con devoción mientras preguntaba algo que Adolfo no llegó a oír. Aquella mujer era hermosa. No era delgada, ni iba bien peinada. No llevaba ropa cara, ni zapatos de tacón. Sin embargo algo llamó la atención de Adolfo. Aquella mujer miraba a su hijo y sonreía. Era una mujer guapa, morena, ojos verdes, de belleza casera. Colgadas del cochecito las bolsas de supermercado barato, hacían un poco más pesado el camino. En el momento que cruzaba por delante del coche, mientras sonreía a su hijo, levantó la mirada y la cruzó con Adolfo. Durante un siglo ambos se miraron fijamente. Ella mantenía la sonrisa. Era una mujer guapa.Adolfo lentamente comenzó a bajar su mirada perdida mientras la mujer subió a la acera y continuó su camino. Un claxon desagradable le hizo acelerar para alcanzar el final de la avenida. Allí giró y cambió el sentido de su marcha para encarar de nuevo la avenida. Por un momento pensó buscar con la mirada a la mujer, sin embargo Adolfo comenzó a acelerar. 80, 90, 100, 120,... La avenida se desenfocaba a medida que él aceleraba más y más. Pasó dos semáforos en rojo y uno en ámbar.En las noticias de la noche nadie se explicaba como podía haber ocurrido aquel accidente. El famoso empresario de la ciudad había perdido la VIDA en la Rotonda de la Familia, al final de la avenida que cruza la ciudad. Según testigos circulaba a más de 150 y no atendió semáforos. La causa se achacaba a un fallo en el sistema de frenos de su BMW.Las pertenencias personales de Adolfo, alianza, cartera, medalla y llavero le fueron entregadas a su viuda en una bolsa de plástico de supermercado barato.

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